lunes, 8 de octubre de 2012

Guiris semidesnudos paseando por las Ramblas


Los guiris quemados por el sol que pasean semidesnudos por las Ramblas son parte de nuestro modelo productivo. Estos guiris que en el mejor de los casos beben sangría en cualquier chiringuito no necesitan que les atienda un sumiller formado en el CETT; es suficiente un camarero con contrato temporal que no ha acabado la ESO o, peor aún, que es ingeniero de telecomunicaciones y que cualquier día se irá a Alemania. 

Rajoy presentó la reforma laboral diciendo que “servirá para crear empleo y terminar con el pesimismo y la desesperación”. Entonces, muchos dijimos que esa reforma no serviría para nada. Hoy es evidente que la reforma laboral del PP no ha solucionado ninguno de los problemas que teníamos y, como dice Toxo, sí ha conseguido acelerar la destrucción de empleo. Desde CCOO hemos insistido en que la legislación laboral no ha sido la causa de la crisis y en la necesidad de un cambio de modelo productivo o del patrón de crecimiento. Pero si defendemos la necesidad de un cambio de modelo productivo, tendremos que exigir un cambio radical de nuestras instituciones laborales, ya que éstas son parte integrante de aquél; si decimos que la reforma laboral ha hecho aumentar el paro, tendremos que aceptar que otra de otro signo puede contribuir a la creación de empleo y a la reducción de la temporalidad.

El mercado laboral forma parte esencial del modelo productivo de un país. Si queremos cambiar nuestro patrón de crecimiento hemos de reformar la educación, las instituciones financieras, nuestra relación con el medio ambiente, el mercado de la energía, la estructura fiscal… y nuestro mercado laboral. Es un disparate pensar que las relaciones entre trabajadores y empresarios, individuales y colectivas, son un elemento externo que no tiene una influencia decisiva en qué producimos y cómo lo producimos. Estas relaciones son producto de unas normas laborales que incentivan unas conductas y desincentivan otras; si se incentivan empresas y empresarios ineficientes que basan su negocio en bajos salarios y uso intensivo de la mano de obra, el país se llenará de ellos.

El sistema de contratación laboral español permite y estimula el uso generalizado de contratos temporales. No extrañará a nadie, por tanto, que España esté superpoblada de empresas que saben aprovechar esa peculiar característica de nuestro mercado laboral. Estas empresas no son punteras en inversión tecnológica ni requieren que sus trabajadores estén altamente cualificados. Nuestras normas laborales crean unos incentivos que favorecen a las empresas cuyos trabajadores requieren poca formación; en el caso del turismo, por ejemplo, fomentan que haya muchas empresas dedicadas a atender a turistas que pasean semidesnudos por las Ramblas o a organizar eventos como el Saloufest. Evidentemente estos incentivos no están nada en sintonía con el modelo productivo y social al que debemos aspirar.

La legislación laboral y el uso fraudulento que muchas veces se hace de ella hace que las empresas dispongan de un elevado contingente de trabajadores temporales (nuestra tasa de temporalidad es la más alta de Europa) que pueden ser despedidos fácilmente y casi a coste cero. Los empresarios no pueden resistir la tentación de aprovechar estas facilidades cuando han de adoptar medidas para adaptarse a circunstancias económicas o productivas adversas; esto lo saben bien los miles de jóvenes que desde que empezó la crisis han engrosado las listas del paro (la Fundación 1º de Mayo lo explica en "El desempleo juvenil en España"). El despido fácil y barato hace que otras formas de adaptación menos onerosas para los trabajadores y para el conjunto de la economía del país sean económicamente menos rentables para las empresas. En este contexto no es de extrañar que las empresas se hayan adaptado a la situación de crisis mediante el despido de los trabajadores temporales incrementando la tasa de paro hasta el 25%; a pesar de ello hemos conseguido mantenernos en cabeza de temporalidad.

Nuestras instituciones laborales crean unos incentivos perversos que fomentan la temporalidad y desincentivan la inversión en la formación de los trabajadores; además contribuyen a la proliferación de empresas escasamente productivas que no sólo no nos llevan hacia el modelo al que aspiramos sino que contribuyen a impedir un cambio de nuestra estructura productiva y retroalimentan un tejido empresarial ineficiente. Durante años, decenios, hemos padecido una regulación que favorece un modelo escasamente competitivo, basado en poca formación, bajos salarios y, con estos mimbres, necesariamente, muy baja productividad; a su sombra han proliferado empresarios capaces de explotar este modelo en su beneficio. No hay ninguna duda de que usarán todo su poder y su capacidad de influencia para evitar que este modelo cambie. Hay que cambiarlo y no podemos conformarnos con intentar evitar una nueva reforma que profundice por enésima vez en los errores de los últimos 30 años.

Como decía el "Manifiesto de los 700" “abogamos por un horizonte de cambios estructurales que propicien una economía más productiva y consecuentemente un trabajo decente, más cualificado y, por extensión, más productivo”; también decían que “los incentivos determinan en gran medida el comportamiento de los sujetos económicos y deben estar en sintonía con el modelo al que se aspira”. Es necesario, por tanto, cambiar los incentivos de nuestro mercado laboral (también de gran parte de nuestro tejido productivo: educación, energía, fiscalidad, administración pública…) y “las medidas de reforma laboral que se adopten han de estar coordinadas con las medidas que se introduzcan para favorecer el cambio de patrón de crecimiento”. Cualquier reforma laboral que pretenda contribuir al cambio del patrón de crecimiento ha tener como principales objetivos la estabilidad en el empleo y la disminución de la temporalidad. La implantación de un contrato único con indemnización creciente con la antigüedad (aquí la explicación) contribuiría enormemente a conseguir estos objetivos. Los empresarios, por supuesto, se oponen.

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