martes, 30 de abril de 2013

“La vida es un tiovivo que da vueltas hasta marear y luego te apea en el mismo sitio en que has subido”


Desde que comenzó la crisis hay un dato de la EPA que no hace más que mejorar: la tasa de temporalidad. Desde un máximo del 34% en 2006, hemos llegado en 2012 al 23,6%. La última EPA sitúa la temporalidad en una cifra aún más baja: 22,12%. A pesar de ello seguimos estando, como diría Zapatero, en la “championlí” de la temporalidad. Quizás sea esta la razón de que nuestra ministra de Empleo no presuma de estos buenos datos. También pudiera ser que para ella fueran absolutamente desconocidos.

En España, los empresarios tienen la gran suerte de disfrutar de un grotesco mercado laboral, que pone a su disposición ingentes cantidades de trabajadores precarios que pueden ser despedidos con muy poco coste y ninguna justificación. Son los trabajadores temporales; estos sí que, efectivamente, no tienen derecho a la tutela judicial efectiva. Esta es la razón que explica por qué en España se destruye tanto empleo y tan rápidamente. Cuando las empresas tienen dificultades, despedir a los temporales es la opción más fácil, la más barata y la menos conflictiva.

Después de la última rueda de prensa del Consejo de Ministros sé que parece imposible, pero un día saldremos de la crisis. Entonces, cuando salgamos de la crisis, si ahora no hacemos nada, las empresas aprovecharán todos los contratos precarios que antes ya existían y alguno nuevo que el Gobierno ha puesto a su disposición; la estrella, un contrato indefinido con un periodo de prueba de un año. Si no hacemos nada, las empresas volverán a nutrirse de trabajadores temporales a los que se forma poco, que son menos productivos, que tienen más accidentes laborales y de los que se puede prescindir fácilmente. Si no hacemos nada (aquí una idea), la temporalidad se volverá a disparar y cuando llegue la siguiente crisis volveremos a ser el país que más empleo destruye y superaremos (¡otra vez!) ampliamente el 20% de paro. Pues eso, que como decía el personaje de Eduardo Mendoza en “La verdad sobre el caso Savolta” (novela muy recomendable), “la vida es un tiovivo que da vueltas hasta marear y luego te apea en el mismo sitio en que has subido”. La realidad podría ser mucho más extraordinaria y que nos apeáramos en Argentina.

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